¡Que te cuesta Señor!
¿Qué te cuesta Señor?
Primero exclamamos en tono angustioso, casi, casi, en tono de reclamo; posteriormente preguntamos, bajando el reclamo y aumentando la angustia.
¡¿Pero que te cuesta?! Terminamos gimiendo con el dolor propio de una necesidad preponderante.
La respuesta tal vez nunca llegue en una voz Divina, sino en una acción de gracias, por medio de la cual se pueda transformar ese dolor, esa pena, esa enfermedad, en aceptación, resignación y tolerancia a la Voluntad de Dios, como un vehículo de nuestra salvación espiritual.
La condición humana es la que nos hace flaquear y dudar y la condición espiritual es la que debemos alimentar y fructificar en el Amor Divino, más la condición Divina, es la que permite la situación temporal del hombre en la tierra para santificarlo y que alcance la dicha eterna.
Cuantas veces esa exclamación, ese reclamo, esa pregunta y ese gemido, son repetidos a lo largo del trayecto de nuestra vida, sin importar niveles sociales, culturales, económicos y mucho menos entre diferentes religiones. Cuantas veces pensamos: “Donde están tus promesas”, “Donde estas señor que no me escuchas”, “De que sirve ser buena o bueno”, y el muy nombrado “Por que yo”; sin embargo ¿por que nunca escuchamos las respuestas?: “Porque tengo algo mejor para ti”, “Porque te quiero”, “Porque es la voluntad de mi padre” y sobre todo “Porque te amo”.
¿Cuantas veces hemos ido a tocar el tabernáculo con la intención de decirle: “Gracias Señor por lo que me das, por la vida, por la salud (buena o mala), por el empleo, por la familia, los amigos, la aurora al amanecer, la luna al anochecer, la lluvia que renueva la tierra, el calor que la hace fertilizar, y la creación perfecta del universo”? -¡pocas! Sin embargo cuantas veces hemos ido a atormentarlo con nuestros pesares mal comprendidos… Sí, atormentarlo, ¡muchas! ¿Pero porque el tormento? Porque el siempre nos da la respuesta y nosotros nunca la escuchamos, creamos un mundo interno en donde todo se egocentra y no dejamos entrar a nadie, como queremos escuchar la respuesta, si la insistencia a nuestro ruegos no es con fe, no es con esperanza, no es con convicción, sino más bien una petición obligada, una petición exigida.
Hagamos entonces una reconsideración en nuestras percepciones, dejémonos llevar por el Amor Divino, inundémonos de gracias en su preciosa Sangre derramada por nosotros y tornemos a válida la petición de nuestras oraciones: hágase Tu voluntad.
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